sábado, 25 de agosto de 2012

Leopoldo II de Bélgica y la explotación del Congo


Leopoldo II de Bélgica (Léopold Louis Philippe Marie Victor de Saxe-Cobourg et Gotha) (Bruselas, 9 de abril de 1835 – 17 de diciembre de 1909), fue el segundo rey de los belgas y propietario del Estado Libre del Congo. Sucedió a su padre, Leopoldo I, en el trono de Bélgica en 1865 y permaneció hasta su muerte.

Ingresó en el ejército belga siendo joven y realizó numerosos viajes por el mundo, lo que marcaría su política expansionista.Contrajo matrimonio con María Enriqueta de Austria en agosto de 1853.

En política exterior, el rey Leopoldo determinó que Bélgica se mantuviera neutral ante la guerra franco-prusiana de 1870-1871.

En 1876, Leopoldo convocó y presidió la Conferencia Geográfica de Bruselas que reunía a expertos, exploradores y científicos de seis países europeos. Pretendía establecer normas comunes filantrópicas para proteger el continente africano y sus habitantes de la explotación comercial indiscriminada, dado que con las últimas exploraciones se acababa de abrir África a la penetración europea. Con este fin la Conferencia decidió crear un organismo permanente, la Asociación Internacional Africana (AIA), presidida por el propio Leopoldo, para promocionar la paz, la civilización, la educación y el progreso científico, y erradicar la trata de esclavos que era una práctica común a buena parte del continente.[2] El mismo año, en el discurso inaugural del comité belga de la AIA, Leopoldo declaraba:

(...) Los horrores de este estado de cosas, los miles de víctimas masacradas por el comercio de esclavos cada año, el número aún mayor de seres absolutamente inocentes que son brutalmente arrastrados a la cautividad y condenados de por vida a los trabajos forzados, han conmovido profundamente los sentimientos de todos los que, a todos los niveles, han estudiado con atención esta deplorable realidad; y han concebido la idea de asociarse, de cooperar, en una palabra, de fundar una asociación internacional para dar punto final a este tráfico odioso que es una desgracia para la edad en la que vivimos, (...)

Tres años más tarde, la AIA financió la expedición al río Congo (1879–1884) dirigida por el explorador y aventurero estadounidense Henry Morton Stanley. Stanley fue encargado de conseguir contratos con los jefes indígenas, para que la AIA explotase las regiones descubiertas, convirtiéndolas en "Estados libres". Paralelamente, Bélgica creó la Asociación Internacional del Congo (AIC), una asociación con fines presuntamente destinados al mantenimiento de la paz en las regiones africanas de la cuenca del Congo, pero luego con metas claramente comerciales para explotar productos de las regiones colonizadas.

A raíz de estas iniciativas, Leopoldo fue reconocido en la escena internacional como un benefactor filantrópico digno de admiración, como un hombre de negocios preocupado por temas humanitarios, y como el promotor de la política colonial de Bélgica, colocándola a la altura que la del Reino Unido, Francia, o Alemania. No es por lo tanto de extrañar que la Conferencia de Berlín (1884–1885) reconociera la creación del Estado Libre del Congo como un territorio perteneciente a Leopoldo a título personal (y no como colonia de Bélgica). Ningún representante indígena fue invitado.

El Reino de Bélgica abandonó toda responsabilidad sobre el territorio congoleño, como lo confirmará el artículo 62 de la Constitución belga votada en 1885, por lo cual el territorio del Congo quedaba convertido prácticamente en "propiedad privada" de Leopoldo II. La explotación de los recursos de la región fue constituida en monopolio "estatal" (a favor del Estado Libre del Congo), y Leopoldo envió un ejército de 16.000 europeos de distintas nacionalidades, pagados por el propio monarca, para controlar la región y convertirla en un campo de trabajos forzados.

Gracias a la colonización del Congo, Leopoldo convirtió a Bélgica en una potencia imperialista y a él mismo en multimillonario. Gracias a los préstamos que le fueron concedidos a Leopoldo por el Estado belga, la AIC creó una red ferroviaria a lo largo del río Congo y de sus afluentes, y abrió carreteras. Después de que John Dunlop inventara los neumáticos de caucho, la demanda mundial de látex, su materia prima, se había disparado en la industria automovilística y de bicicletas, y se inició una carrera comercial internacional para dominar el mercado.

Para adelantarse a la competencia (que explotaba bosques en América Latina y en el sureste asiático), Leopoldo impuso personalmente altas cuotas de producción de caucho en el Congo, obligando la población indígena a cumplirlas con métodos coercitivos de la más alta violencia. Para aumentar el ritmo de producción, los soldados del Estado Libre del Congo cobraban primas en función de las cantidades suplementarias de caucho recolectado, lo que les incitaba a endurecer cada vez más los métodos de presión sobre los trabajadores.
En los territorios que pertenecían a Leopoldo II, el castigo por desobediencia era la amputación violenta.

Se calcula que durante los años de dominio de Leopoldo sobre el Congo fueron exterminados unos diez millones de nativos, la mayoría de ellos esclavizados, mutilados, asesinados o amenazados con la muerte para que trabajaran en la obtención de caucho. Si un poblado no cumplía con su cuota, se retenía a sus mujeres como rehenes hasta que las aportaran, y luego se las revendían a sus familias a cambio de ganado. La coerción era más terrible aún si un poblado desobedecía y se negaba a recolectar caucho: entonces el castigo establecido consistía en la amputación violenta. Se les cortaba una mano y se exhibían luego cestas de manos cortadas en otros poblados para disuadirlos e incitarlos al trabajo.

En 1896 se publicó la noticia de que uno de los funcionarios belgas más conocido por su crueldad, el comisario del distrito León Flévez, había recibido en un solo día 1.308 manos cortadas.

Un misionero norteamericano descubrió 81 manos amputadas y ahumadas al fuego. Algunos funcionarios, como Flévez, ordenaban cortar cabezas tras expediciones de castigo en las que se tiraba a matar.
Para aumentar el ritmo de producción, los soldados del ejército de Leopoldo, o los “centinelas” (milicias) de la compañía de caucho, cobraban primas en función de las cantidades suplementadas de caucho recolectado, lo que les incitaba a endurecer cada vez más los métodos de presión sobre los trabajadores. El látigo llamado chicotte , hecho con piel de hipopótamo, se hizo tristemente famoso y se utilizaba para torturar tanto a mayores como a niños.

En 1895, el misionero Henry Grattan Guinness fue avisado de los abusos sufridos por la población del Estado Libre del Congo e instaló allí una misión. Obtuvo promesas de mejora de Leopoldo, pero nada cambió. El periodista británico Edmund Dene Morel, ex agente de una compañía de navegación encargada del transporte del caucho hacia Europa, y conocedor de las estructuras comerciales establecidas en Àfrica del oeste, fue también uno de los primeros en avisar a la opinión internacional sobre los crímenes cometidos, recogiendo por primera vez pruebas testimoniales y documentales. Pero no fue hasta 1903, dos años después del fallecimiento de la reina Victoria, prima de Leopoldo, que la Cámara de los Comunes adoptó una resolución crítica sobre la gestión del Congo, y encargó al diplomático Roger Casement que investigara los hechos. Su informe, conocido como el Informe Casement, se hizo público al año siguiente y tuvo un impacto considerable en la opinión pública. El gobierno británico envió copias a los 14 países firmantes de la Conferencia de Berlín de 1884/1885, pidiendo que se revisara la concesión privada del Congo al rey de Bélgica.

El diputado socialista belga Émile Vandervelde y parte de la oposición parlamentaria consiguieron, en contra de la opinión del rey,[cita requerida] que se creara una comisión independiente de investigación, cuyo informe confirmó las observaciones de Casement y Morel. Por su parte el Rey envió su propia comisión de investigación, constituida de fucionarios públicos belgas, que negó toda clase de abusos y apoyó su labor "civilizadora."

Las consecuencias inmediatas de esos informes se limitaron al arresto de algunos soldados del Estado Libre acusados del asesinato de centenares de congoleños en 1903. El rey Leopoldo, pese al escándalo, mantuvo su control sobre el Congo hasta 1908, fecha en la que el Parlamento belga, bajo la presión internacional, decidió anexionarlo y asumir su administración. Leopoldo II aceptó firmar el Tratado de cesión del Estado Independiente del Congo el 28 de noviembre de 1907.

Esta cesión fue incluida en 1908 en el acta conocido como «Donación real», por la que Bélgica "heredaba" el Congo, así como de la gestión de las inmensas propiedades personales del Rey en Bélgica, preservando su disfrute por sus sucesores en el trono y prohibiendo su venta o alteración. Leopoldo justificó el tratado afirmando que como sólo tenía hijas, todas casadas con príncipes extranjeros, no quería que su herencia fueran desmembradas después de su muerte. La Donación Real es desde 1930 un organismo público autónomo del Estado belga, que gestiona el patrimonio heredado de Leopoldo II. Parte de esos bienes están puestos a disposición exclusiva de la Casa Real belga, asumiendo el Estado su gestión y conservación.

Gran parte de los territorios que Leopoldo II mandó colonizar en África constituyen el actual Estado de la República Democrática del Congo. Bélgica continuó explotando las riquezas del "Congo belga". En los años siguientes a la Donación Real, la administración del Congo siguió en manos de las mismas compañías concesionarias, por lo que el maltrato de la mano de obra congoleña se mantuvo, sin llegar sin embargo a los excesos anteriores.

Después del declive del caucho, tomará especial importancia la explotación minera iniciada por las compañías concesionarias de Leopoldo II, como la Compañía del Katanga, creada en 1891. A partir de 1900, para asegurar el dominio de la Compañía frente a la competencia de las compañías mineras británicas y alemanas, el Estado Independiente del Congo y la Compañía del Katanga se unieron en el Comité Especial del Katanga (CSK). Al poco tiempo, un acuerdo firmado personalmente por Leopoldo II y el empresario británico Robert Williams, propietario de la compañía minera Tangenyika Concession Limited (TCL), creó la Unión Minera del Alto Katanga (UMHK), que gobernó de hecho la región del Katanga hasta su nacionalización por el gobierno de la República Democrática del Congo en 1966.[8]

Leopoldo II utilizó la fortuna amasada con la explotación del Congo para financiar un programa de obras públicas, ejemplos del cual son el Palacio de Justicia de Bruselas, la Avenida de Tervueren, también en Bruselas, y el complejo palaciego de Laeken, actual residencia de la familia real belga. Para celebrar el 50 aniversario de la independencia de Bélgica, mandó construir el Parque del Cincuentenario, dominado por el Arco del Cincuentenario. Embelleció también la ciudad de Ostende, donde creó el hipódromo y el parque María Enriqueta.

Constituyó un patrimonio personal en las Ardenas, que cuenta con 6.700 ha de bosques y fincas agrícolas, un campo de golf, y los castillos de Ciergnon, Fenffe, Villers-sur-Lesse y Ferage.

En el aspecto militar, mandó fortificar las ciudades de Amberes, Namur y Lieja, e instituyó el servicio militar obligatorio para un hijo por familia.

Bajo su reinado el Parlamento aprobó numerosas medidas sociales como el derecho a crear sindicatos, la prohibición a los niños menores de 12 años de trabajar en las fábricas, la prohibición del trabajo nocturno para los menores de 16 años y de los trabajos subterráneos para las mujeres de menos de 21 años. Se estableció el descanso dominical y una compensación en caso de accidente laboral.

El Rey intentó que la Constitución belga de 1885 instaurase el "Referendum Real", que le hubiese permitido convocar personalmente consultas populares sobre cuestiones de orden general o sobre leyes ya aprobadas por el Parlamento. En este último caso, el Referendum Real podría haberle suministrado un apoyo popular para negarse a firmar leyes que desaprobaba, lo que equivalía a disponer del derecho de veto. Ante la negativa del Parlamento a contemplar esta posibilidad, Leopoldo estuvo a punto de abdicar.

La historia de Leopoldo II en el Congo (1835-1909), es la de uno de los más sangrientos genocidas que ha dado la historia moderna. Paralelamente a su labor pretendidamente altruista en Europa, defendiendo el libre comercio y la abolición de la esclavitud, de forma hipócrita iba regulando una normativa legal para expropiar a los nativos del Congo de todas sus posesiones y riquezas, sobre todo el caucho y el marfil, desarrollando una política de trabajos forzados, obligando a la población de raza negra a realizar sus trabajos al mismo estilo de los esclavos de la antigua Roma. Si no cumplían con su cometido eran golpeados, asesinados, violados o en otros casos los mutilaban cortándoles las manos o las orejas, incluso los decapitaban o amenazaban a sus familias con hacerles lo mismo. Las condiciones eran miserables, tanto de trabajo como de salarios. Eran muchos los que sucumbían víctimas del hambre, de las enfermedades y de los malos tratos.… Se calcula que al menos 10 millones de personas perdieron la vida entre 1885 (año de reconocimiento internacional del Libre Estado del Congo) a 1908, aunque algunos hablan incluso de mucho más. Leopoldo murió en el 1909. Al parecer su féretro fue abucheado por la gente.  

Fuentes

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